Me cayeron tres licas de cine danés.
Todas me gustaron.
Hablaremos primero de la (co)producción Un asunto real, de gran éxito, y que
fuera nominada para mejor película extranjera en el año 2012. Basada en una
historia verídica, con final poco jovial para los implicados. Aparece allí el
muy premiado actor Mads Mikkelsen, interpretando a un médico del siglo XVIII,
que procura introducir las perspectivas (para el lugar y la circunstancia,
radicales) de la Iluminación en el corazón de la monarquía de Dinamarca. Ignoro
cuál sea el grado de precisión histórica del filme, pero como sea da un relato
espléndido y rítmico: el matrimonio (como todos los matrimonios reales de la
época, concertado) entre el infantil rey Christian VII de Dinamarca y Carolina
Matilde... el amorío subsecuente entre ella y el médico Johann Friedrich Struensee… la amistad sentida e ideológica entre el galeno y
el monarca… el ambiente típicamente traidor de una corte mefítica… la situación
estructuralmente medieval que vive un país reticente a las nuevas ideas… En
efecto, algo huele a podrido en Dinamarca.
Con el mismo actor Mads Mikkelsen, la película The Hunt (en español La caza, 2012) también me ha gustado bastante.
Es del director Thomas
Vinterberg, confundador con Lars von Trier del movimiento Dogma. El filme es una reflexión sobre cómo la paranoia
social y la demonización consensuada crea situaciones ficticias con
consecuencias muy reales. Allí la inocencia resulta ser una fuente de gran
perversidad, y la perversidad da signos de una desmoralizante inocencia. Todo
está atado al tema de la pedofilia, y a mí me hizo pensar que debemos tener
cuidado en la manera en que estamos asociando la iglesia católica con la malignidad
sexual: no dudo que exista, pero hasta qué punto queremos que exista, esa también es la cuestión. Mikkelsen recibió
un Cannes por su actuación aquí. Nominación a los Oscar 2014 por mejor película
extranjera, aunque claro, cómo podía competir con La Gran Belleza.
La última película vinculada al cine danés que
quiero reseñar es Ninfomaníaca (2013),
en sus dos entregas (Vol. I y II). No voy a decir mucho de Lars von Trier, por
la sencilla razón que a él le pienso dedicar una columna entera luego. Lo
conozco suficientemente bien, desde su época de Dogma. En mi criterio, él es
uno de los directores vivos más importantes, un artista–senador que está
llevando los códigos y los temas del cine a otro nivel de profundidad. Cada
obra suya tiene una cierta fragancia a opus magnum.
Ninfomaníaca, entonces. Con Anticristo
y Melancolía (que a mí me catalizó un
enorme placer cinéfilo) este filme completa la llamada Trilogía de la Depresión. El recurso narrativo es este: una
ninfomaníaca (Charlotte Gainsbourg/Stacy Martin) relata la historia de su vida
sexualmente descarriada a un hombre entendido (Stellan Skarsgård) luego que
este la recogiera en la calle (y luego la quiere coger en la cama). Eso va
resultando en un catafalco, una pira más bien, de emergencias vaginales, a
veces mezcladas con sangre, pero en ningún momento se pierde la
dimensionalidad, la elegancia artística. Es una película hardcore, pero no por
lo que muestra (aunque también) –el cronicario sadomaso, las exultantes
inmoralidades, las castas perversiones, las olas de excentricidades, los
impudores autocráticos– sino mayormente por la intensidad de la pregunta
cinematográfica, que va amasando el estado de ser de la película: la muerte de
la intimidad como viaje a la violencia.
Seguramente no es el mejor filme del citado, pero
ignorar sus hallazgos formales, su humor enterado, su inteligencia etiológica, es
ya la pura mezquindad crítica.
Ninfomaníaca reúne un cast interesante, a veces imprevisible (e.
g. ¡Christian Slater!). Los actores: Charlotte Gainsbourg, Stellan Skarsgård, Stacy Martin,
Shia LaBeouf, Uma Thurman (momento esplendente) y Willem Dafoe.



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