Cada cierto
tiempo, algo respetable ingresa a nuestro devedé. Piénsese en La grande bellezza (2013). De lejos la
mejor película que hemos visto este año. Es del director napolitano Paolo
Sorrentino, quien puso a la cabeza de su obra al actor Toni Servillo (suerte de
Mastroianni 2.0) con quien antes ya había trabajado.
Tan clásica e
innovadora a la vez, tan operática, tan desmedida, pero luego además increíblemente
sutil–íntima. Tiene: ternura, mística, intelecto, cinismo, extrañeza, kitsch,
inteligencia, exquisitez, poesía, hedonismo. Nos faltó nomás un poco de entraña
(entraña, psicopatía, miseria, sombra y bajos fondos) pero salvo eso, es una
película total, y está saturada de tanto, en todos los sentidos.
Podríamos
incluso agregar que este fresco hermoso surge como la reivindicación del gran
cine italiano. Lo que Jep Gambardella, el personaje principal, ha estado
buscando en sus flanneuries –la gran
belleza, caramba, la hermosura extática– Sorrentino lo captó en una película de
ingeniería maestra.
Una pieza culta,
y sin embargo incluso le gustó a los espectadores de a pie, que por lo general solo
admiran dioses cinematográficos mesopotámicos, es decir, falsos. Bueno, tampoco
hay que exagerar. No es que todos
supieron apreciarla. Muchos siguieron llevando gallos chorreantes, cubiertos de
sangre y mantequilla de Cinépolis, a las usuales deidades con cabezas de toro. Pero
la película tuvo suficiente resonancia, sobre todo gracias al Oscar que recibió
por mejor película extranjera. Incluso los críticos de cine, esos neuróticos,
mostraron agrado, y ya ni siquiera les molestó la filiación evidente con La Dolce Vita, la famosa película en
blanco y negro de Fellini. Algunos,
inclusive, dijeron que la superaba.
Naturalmente,
Sorrentino no pretende ocultar su deuda con Fellini (y, se diría, con Buñuel).
Más bien la explicita y homenajea, en pasajes, parajes, y momentos, y en cierto
modo, reconstruye La Dolce Vita, ahora
con colores explosivos. De esa cuenta, y en una transubstanciación mística, Gambardella
pasa a ser Marcello, y Marcello, entonces pues, Gambardella.
La banalidad profunda
El tema, a mis
ojos, es el de la banalidad profunda, si me permiten la contradicción.
Banalidad, para
empezar. Tórrida banalidad, eurodecadencia, fiestas de botox, decrepitud italiana
a full bailando en terrazas increíbles al sonido de Rafaela Carrasco en versión
Bob Sinclair. Esta es la gran mentira de las élites, en sus exquisitas dachas
cirróticas, berlusconianas, con sus hipocresías cardenalicias, su vida
nocturnal, nobiliaria, hiperburguesiva. Bailan, cómo bailan, aún si afuera
acecha la Muerte Roja, o la Deuda Pública. En esta Roma suspendida, los
ancianos aristócratas y zombis de la cultura aún se divierten, y en medio de
ellos, está Jep Gambardella, personaje memorable, instantáneamente clásico,
soldado de la puerilidad dandi, hijo de la abulia, buceador continuo en la
veraniega noche romana, escritor autoabandonado, periodista mordaz, pura cortesía
y desdén. Gambardella está anegado en la gran insipidez.
Pero en medio
de tanta insipidez, tiene Encuentros, y la banalidad se hace Banalidad, es
decir, se hace profunda, reveladora, surreal y clásica. ¿Cómo se ha dado esta
transfiguración? Es gracias a la muerte: la muerte le da gracia incluso a lo
más naco.
El tema aquí
es el amor raté y el tiempo muerto. El tiempo escapado, de nadie, que nadie puede
comprar. Hasta los dioses se mueren, como bien nos muestra la cosmogonía
tibetana, y especialmente para ellos no es agradable eso de descoserse.
Así pues,
vemos cómo el gran Jep Gambardella, a sus 65, se nos pone nostálgico y empieza
a frikiarse un poquito. Como el poema de Ernesto Cardenal: “Y no ha quedado
nada de aquellos días, nada,/ más que latas vacías y colillas apagadas,/
risas
en fotos marchitas, boletos rotos,/
y el aserrín con que al amanecer barrieron
los bares.”
Ahora bien, lo
misterioso es ver cómo la muerte le devuelve la hondura, la espiritualidad y la
belleza a nuestra vida, a nuestra puerilidad. Jep Gambardella, en esta
atmósfera de días perdidos y noches arrasadas, se topa con momentos intransferibles,
consignadamente elevados, intersecciones sagradas en recintos sacramentales, a
los cuales tiene dichoso acceso.
Un periodista de mirada millonaria
Sorrentino plantea
estos momentos gloriosos –a lo largo de una película de casi dos horas y media–
por medio de recursos formales brujos, estructuras de sonido completamente
interesantes, experimentaciones de travelling, un manierismo virtuoso que nos
deja tremantes, una exquisitez que solo hemos visto en los más grandes estetas
tipo Peter Greenaway. Todo lo apostilla con algún detalle.
Quizá habría
que mencionar aquí también el soundtrack, sublime, emocional. Casi merece
columna aparte. Es una obra de arte por derecho propio. Si a eso añadimos los
landscapes romanos, el resultado ya se vuelve lacerante. Porque, por supuesto, La grande bellezza es un homenaje a Roma,
en sí un personaje de la película. Roma, carajo: ese laberinto en donde uno se
pierde sin perderse, ciudad mojada en vino, universo mágico con sus propias
leyes.
En esa Roma gastada,
hay un periodista de mirada millonaria que transita y deambula, en las altas
horas de la noche. Jep Gambardella es un gran personaje. Y a nosotros nos
gustaría entrevistarlo.
(Columna publicada el 2 de mayo en Contrapoder.)

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