Las tres películas reseñadas a continuación tienen que ver con la
manera en que los humanos estamos buscando situarnos siempre en una posición
excepcional y aventajada respecto a los otros… y cómo ese tiro nos sale siempre
por la culata.
El juego de Ender (2013). Ciencia ficción imaginante y diseñada, que parte de una
novela del mismo nombre. La humanidad prepara una gavilla de patojos de gran
genio táctico para hacer frente a una posible invasión de extraterrestres. Es
un futuro como uno lo espera, con interfaces alucinantes y tal. Muestra cómo
eso del desarrollo de nuestras competencias y tecnologías no significa
necesariamente mejores malditos modales. Al final todo termina –spoiler– en
genocidio. Un tema valioso de Ender´s
Game es el bullying, y eso de la resolución intuitiva de conflictos de
poder. En términos generales el guión se desarrolla asimétricamente, con una
aceleración narrativa más bien infausta al final, un final se diría inverosímil,
incluso para una historia de ciencia ficción. Mezcla nuevos actores (tipo Asa
Butterfield / Abigail Breslin) con veteranos (tipo Harrison Ford / Ben Kingsley).
Rush (2013). En el año en que nací, dos tipos muy encrespados se
disputaban la gloria y circuito de competencia de carros de alto nivel: el
pasional James Hunt y el calculador Niki Lauda. Este biopic, de Ron Howard,
retrata la rivalidad neurótica entre estos dos corredores, dándonos de paso un
paseo interno por el universo de la Formula Uno, el estilo de vida asociado, y
las tragedias potenciales que florecen en esta rauda quemante profesión. Con
Chris Hemsworth y Daniel Brühl.
Sobran las palabras (2013). En un principio iba a reseñar otra película, Apuesta Máxima (2013), con Ben Affleck y
Justin Timberlake. Aunque la misma cumple con la premisa de esta entrega de
Contraluz –eso que expliqué al principio, de la posición excepcional– la
película es una mamada chata y previsible y está situada en una Costa Rica
delirantemente apócrifa. Mejor reseño Enough
Said, un filme con la muy expresiva Julia Louis–Dreyfus y el gigante
Gandolfini, ahora entumecido en las regiones de la muerte. Un drama–comedia, en
la suburbia inocua de los gringos, sobre los efectos de la manipulación, los
límites disfuncionales y los prejuicios en las relaciones humanas, sean de
pareja, filiales, de amigos, o con la empleada doméstica. Julia Louis–Dreyfus, ya lo dijimos, muy
expresiva, y muy cómica; Gandolfini, tremendamente dulce (nada que ver con Tony
Soprano). Genio el que se les ocurrió poner a esos dos juntos. La película es
muy apacible, aunque también nos hace pasar por una buena dosis de vergüenza
ajena. Un buen pedazo de entretenimiento, sin pretensiones y alguna lección al
final. Es lo último que nos dejó Gandolfini, y una forma elegante de salir, nos
parece.



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