La vida nos mete a situaciones difíciles. Cuatro películas para
recordarnos que la condición humana es ardua y compleja.
El consejero (2013). De Ridley Scott. Un abogado decide probar el negocio del tráfico
de drogas, con la causalidad aperrada que eso conlleva. Tardé un tantito en
entender que The Counselor no era
exactamente una película de acción en el contexto de los carteles mexicanos, como
más o menos esperaba, sino una peli–bizarrería de autor, con momentos
dialogales tampoco lynchianos pero ciertamente oblicuos, yo agregaría
estimulantes (véase el monólogo de Ruben Blades casi al final) y escenas
desnortadas y como fuera de lugar. A ratos me recordó Los límites del control (2009) de Jim Jarmusch, aunque sin ser tan
extraña y tan lograda. Habrá decepcionado a muchos que –un poco como yo–
esperaban otra cosa, salvo que a mí en realidad me terminó gustando y no solo
por el grupo de actores (o sea Michael Fassbender, Penélope Cruz, Cameron Diaz,
Javier Bardem, Brad Pitt, entre otros de altura) sino por su cualidad sobre
todo inclasificable. Lo que sí les puedo decir es que es cien veces mejor que
esa basura infernal de Oliver Stone, Salvajes,
de 2012, también ligada a la onda de los carteles. Dígale alguien a Stone que
en lugar de estar apoyando socialismos regresivos y farisaicos, le ponga
atención a su carrera.
Cuando todo está perdido
(2013). De vez en cuando nos gusta ver filmes de
sobrevivencia (como aquel de Danny Boyle, 127
horas). All is lost nos pone
enfrente a ese poeta discreto de la actuación, Robert Redford. Un hombre se
halla perdido en alta mar, una vez su embarcación termina hundiéndose a
raíz de un accidente desafortunado. Incluso los seres más recursivos se
encuentran de vez en cuando en las canteras de la desolación de la condición
humana, y la universal, que es la muerte. Un filme silencioso, elegante.
El mensajero (2013). Estaba haciendo zapping y me topé esto en la tele. Dos veteranos
son los encargados de informar a la familias de la muerte de sus parientes–soldados.
Un trabajo muy pura lata, como comprenderán. Alrededor de esto, el director
Oren Moverman va ensamblando un drama nada turiferario con muchas capas de
interrogación moral. Cada generación tiene su película de guerra (por dar un ejemplo,
Apocalipsis ahora fue la película de
guerra de los setenta). Me parece que la película de guerra más cercana a mi
generación es Jarhead (2005). Pero no
tendría problema en poner a modo de apéndice The Messenger, con un (de veras) inspirado Ben Foster y un (ciertamente
versado) Woody Harrelson (papel de plano más interesante que el de Los Juegos del Hambre). Estoy muy
deseoso de ver lo que nos traerá Oren Moverman adelante. Por cierto, en 2011
hizo una película que escribió junto al mago de la novela negra James Ellroy (Rampart, 2011) sobre un policía furioso
y zoológico. Viene en camino su biopic de Kurt Cobain.
Jimmy P. (2013). El subtítulo es así: “Psicoterapia de un indio de las llanuras”.
Pues eso: Benicio del Toro, indio americano, presenta síntomas ambiguos que
incluyen ceguera, pérdida de audición, fuertes dolores de cabeza, sin que nadie
pueda diagnosticar qué diablos tiene. Termina envuelto en un proceso de análisis
con el etnopsicoanalista Georges Devereux, representado por el relevante actor
francés Mathieu Amalric. Una película tan bien hecha como extremadamente
morosa. No eligieron el proceso psicoanalítico más interesante, hay que decirlo.
Incluso nos atrevemos a decir que no existen los procesos psicoanalíticos
interesantes, salvo, claro, el de Woody Allen. No dudo que el libro de Georges
Devereux, en el cual se inspiraron para hacer el filme, es, debe ser
fascinante, pero la traslación a la película sencillamente no funciona, aún con
los performances aposentados de los ya mencionados. La peli fue parte de la
selección de los Cannes del año pasado.




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