He estado metiendo mucho cine gringo, últimamente. ¿Qué tal un
poco de cine surcoreano?
Peppermint Candy (1999). Pongo el título en inglés porque no lo vi en ningún lado
en español. Cinta de Lee Chang–dong, maestro. Fue un filme muy exitoso en
taquilla y crítica. Diremos que es una obra de arte, que es cine muy serio. ¿Quién
nos iba a decir cuándo metimos el devedé que nos iba gustar tanto? Relato de la
pérdida de la inocencia y subsecuente corrupción de un sujeto que se entrega a
al autoaniquilamiento y cuya historia está cosida a la historia torturada –y
torturadora– de Corea del Sur, a lo largo de un par de décadas. Una bella
crónica –en dos horas y cinco segmentos– de amor abortado y crueldad infinita,
con la línea del tren como hilo simbólico, en un collar narrativo regresivo.
Porque además está contada de adelante para atrás: empieza con el suicidio del
personaje y termina –momento primigenio de inocencia– en el mismísimo lugar en
el que empieza, en una suerte de circularidad onírica. Escenas de autor fuertes
y sublimes: violencia y karaoke. La actuación principal de Sol Kyung–gu es ya
abusiva, de tan lograda. Es la película que hubiéramos querido que alguien
hiciera en Guatemala. Una bukilika: una lica que se consigue con el Buki,
quiero decir.
Guerra de flechas (2011). Una de esas películas asiáticas de acción y de guerra,
nada indebida, en cuanto a producción. La compré –en donde se compran estas
cosas– porque en la portada decía que Guerra
de flechas era La Casa de las Dagas
Voladoras (2004) coreana. Lo cual no resultó cierto; para eso le hubiera
faltado más fantasía, más fantásticas artes marciales, más coreografías tecnifico–mágicas
de guerreros que pelean en las copas de los árboles y tal. Pero no me importó
que faltara todo eso, porque la película, siendo más realista, está muy
producida, y como hay tanta arquería, se pueden ver de todos modos muchos efectos
cinemáticos de saetas cruzando la floresta, y buenas secuencias de acción. Guerra de Flechas está situada en el
contexto de una invasión de Manchuria a Corea; una película de masas con filo
histórico (siglo XVII). Dirigida por Han–nin Kin. Le habrá dejado buen saldo.
Primavera, verano, otoño,
invierno… y primavera (2003). Es, pues, la
relación de un monje budista y su discípulo, en un templo flotante sobre un
lago sereno. Película de una profunda sencillez sobre lo humano y lo espiritual,
filmada en un setting idílico, y sí, muy zen. Vemos cómo el discípulo sucumbe a
los llamados tres venenos: el deseo, la ignorancia y la agresión. Una reflexión
sobre: la naturaleza, el sufrimiento, la muerte, la disciplina espiritual (o
dharma), el renacimiento, con un levísimo toque de magia, autoinmolación y las
nobles palabras del Sutra del Corazón. También es una película circular:
termina donde empieza: el tiempo y las estaciones pasan y no pasan: el monje es
el discípulo. Ya había escuchado tanto de esta película que la vi con mucha
expectación. Además me importaba verla porque yo entro y salgo del budismo a ratos,
y por tanto me interesa ver cine budista (otras referencias a la mano son Pequeño Buda, de 1993, o Milarepa, de 2006, o ya en tono abiertamente fantástico El brujo y la serpiente blanca, de 2011). Allí la consiguen en
YouTube. De Ki-duk Kim. Producción germano–coreana.
(Columna
publicada el 6 de diciembre de 2013.)



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