Mi penúltima
Contraluz fue toda dedicada a Mad Men,
pero al momento de escribirla no había visto el último capítulo. Pues lo vi. En
uno de esos sitios piratas de streaming, lo vi, llevándome tremenda decepción. Entonces
resulta que solo un episodio no me gustó de Mad
Men (¡uno solo en toda la serie!) y fue, muy estúpidamente, el último. Pero
ello no rebaja mi percepción de la serie en su globalidad. Por cierto leí la
columna que Sergio Ramírez escribiera sobre la misma, y me pareció, la columna,
ya no solo agotada de criterio, y como dura de corteza, me pareció directamente
mezquina. Cuando hablo de Sergio Ramírez, me refiero al escritor, no al
cineasta, puesto que el cineasta comparte conmigo el mismo amor por la serie, y
así me lo ha hecho saber.
Eso respecto
a Mad Men. Ahora quiero hablar de Mad Max: Fury Road (2015), que fui a ver
al cine (era imperativo verla en pantalla grande). Sabía que iba a estar increíble,
pero esto es ya ridículo. Sépase que yo amé, que sigo amando, las entregas
originales de Mad Max, y por tanto no
sabía hasta qué punto esta nueva rendición iba a apantallarme. Pues bien: me
apantalló. Dios sabe que me apantalló. Y seguramente lo apantallará a usted, lector,
mi semejante, mi hermano.
Lo contrario
me pasó con Tomorrowland (2015).
Entré a la sala de cine con cierta expectativa, y el material me terminó
decepcionando y aburriendo lo indecible, lo cual, ahora que lo pienso, no es
infrecuente con productos Disney (Maléfica,
de 2014, resultó ser una feliz excepción). La película es hermosa en muchos
modos, pero en su moralismo utópico falla en reconocer su propia sombra. Lo
mismo con la última de Hunger Games (Mockingjay, la primera parte, de 2014) que es ya insoportable, y me
dejó alguna clase de neuropatía, de lo mala que es. Por lo menos en las
anteriores entregas había, pues eso, juegos, psicosis colectiva, depredación,
no sé. Es decir, había acción.
Aunque, en
toda sinceridad, la acción no garantiza nada. Kingsman: The Secret Service (2014), por ejemplo, nos ha
dado un sofisticado producto de espías, pero se mancha en su tropel de excesos
dinámicos (sin el genio brutal de Mad Max)
así como se mancha en sus múltiples lugares comunes, en su humor tan gringo,
para una británica película. Otra comedia de espías, Mordecai (2015), con Johnny Depp, Gwyneth Paltrow, Ewan McGregor,
también es un recuento fatigado de bromas apagadas. Mejor prescindir de los
espías y pasar directamente al Roast
de Justin Bieber (ciertamente mejor que el de Héctor Suárez) que es humor crudo
y tan gringo también, pero al menos sinceramente gringo.
Pero
volviendo a lo que estábamos diciendo: a veces, menos es más. Vi una película
muy sencilla, con Alfred Molina y John Lithgow, llamada Love is strange (2014), sobre las tribulaciones de un matrimonio
gay, un tópico candente. Es un guión nada complicado, pero efectivo, recubierto
todo de un lirismo chopiniano.
Otro ejemplo:
Ex Machina (de 2015). Es, el suyo, un
tema bastante sofisticado, pero su trama no propicia euforias ni delirios: es
una trama directa, un diseño elegante, para abordar el tema de la singularidad tecnológica,
el transhumanismo, la inteligencia artificial. Arte.
(Contraluz
publicada el 19 de junio de 2015 en Contrapoder.)

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