Un cigarro en la noche (un adiós a Mad Men)


Casi ni he visto películas últimamente: todo mi tiempo ha sido secuestrado por Mad Men. En efecto, antes de la gran finale, decidí ver la serie entera otra vez, desde el principio, y escribir algo al respecto. Podría decir, casi sin titubear, que es la mejor serie que he visto en vida. Muchas personas (y más informadas que yo) la sitúan conmigo en el top five de mejores series de todos los tiempos.
           
Me parece que permanecerá en ese sitial de honor durante muchos años. No soy ingenuo: lo digo a sabiendas de la calidad y compromiso de las series actuales (hoy en día, un teleadicto puede pasar, en una tarde, de The Walking Dead a Game of Thrones a House of Cards a Veep a Louie, por mencionar algunas excitantes, conocidas series) y ni hablar de lo que viene en camino, que será de un virtuosismo insospechado.
           
La otra vez vi Bloodline, por ejemplo, que me llamó la atención por la presencia de Sam Shepard. Pensé al principio que era una miniserie: tan compacta y perfecta me pareció. Pero resulta que no era una miniserie: era solo la primera temporada de una serie. Dios mío, pensé, está tan bien escrita y hecha: ¿cómo van a lograr el mismo resultado en la segunda? Es seguro que lo conseguirán.
           
Aún con tan buenos prospectos en camino, creo que Mad Men permanecerá como punto de referencia, como ya dije, durante mucho tiempo. Consiguió tocar un nervio clásico, perenne. Abrió una veta de estándar televisivo muy sólido. Legitimó la sensibilidad y la inteligencia como modelo competitivo de entretenimiento. Su legado seguirá vivo de aquí en adelante, en las décadas por venir.


Hombres locos

Todo saben qué es Mad Men, pero por si las dudas:
           
Mad Men fue–es una serie de televisión que estuvo al aire de 2007 a 2015, a lo largo de siete temporadas. Escrita, producida y dirigida por Matthew Weiner, quien también escribiera, nota aparte, en The Sopranos.   
           
El título de la serie quiere decir hombres locos, y es una referencia a Madison Avenue (Mad–ison Avenue) que fue durante décadas el escenario de las grandes agencias de publicidad.
           
La serie logró reunir a un cast nada empañado de actores, como el guapo John Hamm, con su personaje inmortal: Don Draper. En términos generales, el nivel actoral de la serie es tremendo.
           
El que hayamos mencionado la actuación de primero no quiere decir que lo demás sea de hecho menos relevante, sea la escritura, sea la dirección artística, sea la maestría fílmica como tal, notable en las decisiones de iluminación, los enfoques, la composición, las escenas que parecen salidas de la mejor pintura estadounidense. Es una serie que se puede llevar sin problema a una escuela de cine, para ser estudiada. Y los detalles, tantos detalles, un millón de detalles (detalles como las canciones al final de los episodios, o ya inclusive los títulos mismos de los episodios). Un acabado impecable. Tele que es cine, que es arte.

Todos estos elementos le han representado a Mad Men excelente crítica y una recepción increíble por parte de las audiencias, así como muchos premios significativos.
             
           
Un evento cósmico–televisivo

No era evidente que una serie ubicada en un pasado –para los estándares actuales, lejano– consiguiera tener el éxito que tuvo.
           
El público fue muy hospitalario con ella. Un público considerable pero a la vez sensible, un público certificado, una comunidad culta que hizo culto en torno a la serie, porque la serie supo abrir algo real en su sensibilidad.
           
Mad Men nos cautivó a todos por su seriedad y su rigor, su consistencia, su savoir faire cinematográfico, su potencia narrativa, sobria aunque también artísticamente desmesurada, sus soluciones magníficas, sus diálogos insuperables, su encanto, estilo, ambiente hechicero, su innegable humor y esperpento (como cuando Ginsberg se cortara el pezón), su lealtad a las audiencias, su poesía, su compromiso con la historia (la real y la ficcionada), su asombrosa capacidad de asombrarnos, su delicadeza artística y humana, que acaricia al espectador. Una serie fuera de serie que afectó a las personas y afectó a la cultura, la actual, pues Mad Men no solo es un espejo cultural de aquella época, sino también lo es de esta.
           
Todos estos elementos explicarían porque terminó siendo ese evento cósmico–televisivo que terminó siendo en Estados Unidos, Europa y todos lados. No había episodio que saliera que no fuera inmediatamente reseñado, diseccionado, hecho un ensayo. Nada mal, considerando que no le fue fácil a Matthew Weiner emplazar la serie en un principio. HBO, Showtime le dieron la espalda... Fue AMC quien tuvo el tino y genio de absorberla, y eso la convirtió en el canal premium que hoy conocemos, el de Breaking Bad y The Walking Dead. Nada personal, HBO. Nada personal, Showtime.

           
El Gran Brujo Draper

Han sido, no uno, no dos o cuatro personajes memorables, sino al menos diez. Personajes memorables, sí, despreciables y admirables a la vez, talentosos y ensombrados, perversos y dignos, innmaduros e inspiradores, lisiados y recursivos, infernales y cálidos: los mayores, como Sterling, Peggy, Betty, o Campbell… los menores, que menores no son: Cosgrove, Krane, Cooper, Sally, Megan, Ted Chaough… entre tantos otros. ¿No es la agencia misma un personaje?  
           
Personajes que tienen una vida privada y una pública y ambas maman una de la otra, parasitariamente. La serie tiene eso de shakespeareano: la acción externa está unida a los eventos psicológicos íntimos de los protagonistas. Eso es archievidente en el caso de nuestro genio de la publicidad, Don Draper.
           
Ah, Don Draper: el Gran Brujo que nos embruja con sus problemas de identidad, perseguido por su pasado y obsesionado por su futuro, el infeliz Draper, el contradictorio, el presidario de sí mismo, Draper siempre boicoteado por Draper, el en fuga, el sinsentido Draper. El que creciera en una casa de prostitutas para terminar siendo millonario distinguido y admirado de Madison Avenue. El agente del sistema, pero también el perpetuo outcast. Encantador y endurecido a la vez. Íntegro y traidor. Obsesivo y relajado. Habitual e impredecible. Enigmático y frontal. Hombre de familia y solitario empedernido (y amante impenitente). Superhombre y feto del sistema. Un seductor de hembras y clientes, que no termina de seducirse a sí mismo. El humano Draper.
           
Maldito el que crea que Draper es solo un hijo de puta. Maldito el que crea que no lo es.
           
De hecho, se puede decir que todos los personajes de Mad Men son humanos y confirman la humanidad de la serie. Lo monstruoso y lo tibio, lo superficial y lo profundo, lo tedioso y lo perverso, se entrelazan, en un sugestivo claroscuro.


El universo Mad Men

Mad Men cuenta la historia de un publicista brillante, y de sus ascensos, que son siempre en cierto modo descensos. Un hombre en el laberinto de su vida y de su tiempo, tendido en un agudo infierno personal y cultural que siempre se desploma. Ninguna cosa representa mejor el tópico de la serie que la introducción de la misma –la parte de los créditos iniciales– en donde se ve a un hombre caer y caer entre edificios de anuncios publicitarios. Vacío, alienación, spleen, obsesión sin asideros envuelta en trajes finos y gestos seductores.
           
Draper o la insularidad del hombre, la imposibilidad de conectar en un mundo enmascarado que nos enmascara, hasta que estallamos y sangramos en un momento de sinceridad, de eléctrica confesión, que deshace nuestra leyenda, nuestra historia cuidadosamente construida.
           
Mad Men nos lleva al universo de los negocios, el dinero y capital, y en particular nos permite explorar el negocio eminentemente ambicioso, acolmillado y carnicero de la publicidad. Para mí es cosa fascinante, especialmente porque conozco a muchos publicistas y personas asociadas a ese mundo, sus enfermedades y sus genialidades, sus tracciones y tantísimas frustraciones, sus sinapsis y portazos.
           
Toda agencia es demónica y heroica al mismo tiempo. Queremos referenciar lo demasiado genial que es Mad Men para darnos la oscuridad y podredumbre, pero también el brillo, del mundo publicitario: su diseño, su oficio, su estética en el tiempo. Mad Men nos hace de hecho adorar la publicidad, siquiera como lucha y tragedia creativa. Y como esponja: es aquí en donde decimos que la historia de la publicidad es la historia de la cultura, porque la publicidad absorbe, cataliza, y derrama la cultura como ninguna otra cosa.
           
Mad Men también nos habla algo (bueno, mucho) sobre el vicio y los vicios: el vicio del trabajo, el vicio del alcohol, el vicio del sexo y del adulterio. Sábanas, cuartos de hotel, coger y coger, seguir cogiendo... Y el vicio también, no ha de extrañarnos, del prestigio, y cómo no del poder, el poder que es simultáneamente lealtad y traición, transgresión y obediencia al statu quo.
           
Por supuesto, Mad Men no sería lo que es si no hablase de las relaciones y cómo se van dando, léase perdiendo, en el tiempo. Cada personaje de Mad Men está allí, en ese dolor de sí mismo, tratando desesperadamente de construir conexiones de pareja, matrimonios, familias, vínculos laborales, y hay minas por todos lados, faux pas, acuchillamientos, secretos venenosos, eventos fatídicos, en un mundo de apariencias sociales. Un mosaico de historias que se tocan pero que a la vez no, no se tocan: líneas torcidas y a la vez paralelas.  
           
Buena parte de lo que hace Mad Men un show de televisión tan excepcional es cómo recrea una parte importantísima del siglo veinte: por medio de historias y personajes ficcionados que, siendo tan únicos, tan individuales, corporeizan un zeitgeist, un espíritu cultural cuya importancia es tan universal que sigue resonando y causando interés hasta nuestros días. Será porque muchos de los conflictos culturales de la época siguen, bruscamente, con nosotros: conflictos como la discriminación de género o racial, o el mobbing.
           
Es una cuestión de apreciar el aspecto memorialista de la serie, y como esta nos rinde un oleaje constante de referencias de aquella época y de los eventos que la marcaron (e. g. la muerte de Kennedy, o el viaje a la luna). Pero son eventos y referencias, muchas de ellas, metidas casualmente, elegantemente, incluso siendo tan deliberadas. La serie, pues, no es que nos sature de datos, pero más importante, nos pone en la atmósfera, en la gestalt de entonces, y la gestalt de entonces era, entre otras cosas, un baile entre la cultura y la contracultura, que la publicidad, como se sabe, siempre ha sabido captar muy bien.
           
¿No se puede decir que lo notorio de Mad Men es el encuentro cataclísmico que forja entre el realismo historiador y la ficción imaginante? El realismo: la precisión de lo pasado, que se manifiesta en términos de diseño, props, locaciones, vestuario, modas y estéticas absolutamente curadas y verosímiles. También se manifiesta en términos de coordenadas culturales de la época. No sé: alusión a Ogilvy, rola de los Beatles, mención de Norman Mailer, so on... Y luego por supuesto tenemos el carnaval de marcas, muchas de ellas aún vigentes –Hilton, Lucky Striky, Heineken... De otra parte también resulta importante el lenguaje como reflector de la historia (Peggy diciendo, un ejemplo: “I´m not feeling so swell”).
           
Y sin embargo, el realismo no es tal que mata la ficción. Recíprocamente, la ficción no mata el realismo: es una ficción abierta pero tampoco flácida, tampoco licenciosa.

                       
Todo pasa y nada pasa

Lo que más nos gusta de Mad Men: que es como la vida misma, oscura y luminosa, bella y freakeante al mismo tiempo. En este tránsito peristáltico que es la existencia, pasamos por momentos cómodos y otros horribles y poliposos.
           
Cuando pasa algo. Porque a veces no pasa nada. Parece que algo va a ocurrir, pero ninguna cosa, de hecho, ocurre. Es solo un aire cargado de posibilidad que no terminar de realizarse. Una angustiante indefinición, en donde hay el presentimiento de una epifanía o de una tragedia, como si la vida quisiera rendir un sentido, una dirección. Pero no la rinde, es solo un sugerir, ni siquiera un aborto, y nunca una consumación. Realmente, no es cierto que Draper se vuelva peor con el paso de la serie: lo cierto es que siempre se mantiene el mismo. Y lo mismo diremos de la serie: que es ella al principio y es ella al final: siempre se autoparece. A decir verdad es algo que me gusta tanto de Mad Men: su consistencia.
           
Pero luego incluso en la peor y más suspendida de las circularidades, en la cotidianidad más congelada, hay variantes, matices, y luego momentos en donde los karmas se liberan, en donde se dan fantásticas aceleraciones, enervantes atrevimientos por parte de la trama, brincos narrativos poderosos. Personajes entran y salen y algunos dramáticamente (así Lane ahorcado en su oficina). Sterling & Cooper pasa a ser Sterling Cooper Draper Pryce que pasa a ser Sterling Cooper & Partners que pasa a ser McCann Erickson. Los actores y sus personajes envejecen, y nosotros con ellos.
           
En resumen, Mad Men es la serie en donde todo pasa, sorpresivamente, y nada pasa, consistentemente. Así es como Mad Men nos va dando momentos en donde la cosa parece pausada y estanca, y sin embargo, en ese no pasar, pasa de todo, y en ese pasar de todo, a gran velocidad, realmente no pasa ni mierda.


Crisis de los cuarenta

Estoy terminando de ver la séptima y última temporada de Mad Men. Era todo lo que esperaba. De veras me gustaría hablar de ello, de cómo siempre habrá un Don Draper, renaciendo en alguna carretera sin fin, porque Don Draper es un arquetipo, una plantilla indestructible, un pájaro fénix... De veras me gustaría hablar de cómo su creador Matthew Weiner decidió cerrar la serie, sí, pero descuiden, vengo en son de paz, no pondré spoilers. Y además: me falta el último capítulo.
           
Supongo que es el momento de preguntar: ¿por qué esta serie me impactó tanto, porque caí tan completamente en ella? Más tomando en cuenta que no soy un espectador consuetudinario de series, quizá por lo que consumen de tiempo. Mi preferencia es ver muchos materiales audiovisuales distintos, más que una exclusiva cosa, unipuntualmente. Pero Mad Men fue una clara excepción a esa preferencia. Mad Men tiene para mí el valor cultural de la Capilla Sixtina.
           
Tardé en llegar a Mad Men. Mi mujer la miraba cuando vivíamos en Pana. Yo no: nunca pensé que me gustaría. Pero en un momento alcancé a ver un episodio, y fue la perdición. Y, ahora, revisitar la serie en su totalidad ha sido, para mí, la experiencia estética más importante del año. Puedo decir que durante estas semanas en que estuve sumergido en reverla, en recontemplarla, fui extirpado, sencillamente, de todo orden y todo compromiso. Estaba obsesionado.  
           
Pero volviendo a la pregunta: ¿por qué la serie me impactó tanto? Bueno, siento que me enseñó muchas cosas a muchos niveles. Narrativamente, es una cátedra de escritura (Mad Men es el libro, la novela total que todos desearíamos escribir). Muchas de sus escenas son como cuentos que pudieron haber sido escritos por un Carver, en su lirismo sobrio, preñado y penetrante. También hay otros momentos de enorme entusiasmo guionístico. Los directores de la serie (entre los que se cuentan, además del propio Matthew Weiner, los actores John Hamm y John Slatery) supieron fundir la simple elegancia de la serie con una exaltación casi emética (recuérdese aquí el episodio en donde se inyectan speed para hacer una propuesta para Chevy).
           
Luego me enseñó una o dos cosas del universo laboral: cómo gestionar las luchas de poder, cómo tomar decisiones de trabajo, por decir, con pelotas. Ah sí, me mostró cosas del universo laboral y del mundo de la publicidad (al cual estoy más o menos vinculado) que ningún taller de marketing y branding de esos que anuncian en los mupis resplandecientes de la ciudad podría enseñarme. ¿Quieren aprender lo elemental: hacer un pitch, caldear una cuenta, forjar una campaña, sacar algo significativo de un focus group? Vean, por el amor de Dios, Mad Men.
           
Asimismo, la serie me tocó a nivel personal. He vuelto a ver toda la serie, ya lo dije: y han sido días de estar poseído por el varón Draper, tantalizado por su estilo, obsesionado por sus insights, incluso noto cómo empiezo a adoptar sus gestos faciales. El dios Draper, con su manera personal de hacer las cosas, siempre preciso, estilante y despierto, incluso cuando impulsivo y laberíntico.  
           
Y sobre todo ahora. Ahora que estoy viviendo algo así como mi crisis de los cuarenta (a los treinta y nueve). Y Mad Men me la está acompañando, la crisis. Yo diría que la está exacerbando. Exacerbando las preguntas y las indefiniciones, que también son las de Draper, apenas un poco más añejo, en la séptima temporada, que yo. Así que me perdí con Draper, y Draper se perdió en mí. En mi vida, da la impresión, también muchas cosas están llegando a su fin.
           
Como Draper, yo he evitado siempre ciertas conexiones con el mundo. Eso explica por qué me he resistido a trabajar en un lugar como asalariado (he sido freelancer desde más de una década), explica por qué no tengo hijos, por qué no tengo amigos, por qué ni siquiera me provoca interés acercarme a mi propia familia.
           
Suena gloomy, pero también hay una gloria allí. Y a veces un poco de humor. La serie me hizo reír mucho. Está bien: también me hizo llorar. Como cinco o seis veces, lloré, profunda, amigdaláticamente. Yo, que apenas lloro en vida. Me hizo reír y llorar pero sobre todo me dejó perplejo y me mostró algo: de mí mismo y de mis relaciones afectivas y de mi quemado mundo y de ese enigma inefable que habita en los intersticios hueros de la cotidianidad.
           
Al escribir esto todavía me falta ver el último episodio de la serie. Cuando lo vea, el episodio, lo libaré despacio, como un licor fino, recordando además momentos inolvidables de otros episodios, como cuando el fantasma de Bert Cooper canta, en un musical: las mejores cosas de la vida son gratis…  
           
El ascensor que se abre, el intercom sonando, los teléfonos colgados violentamente, las puertas cerradas con estruendo, las encerronas creativas… Son cosas que extrañaré de Mad Men. Y extrañaré las siestas fetales de Draper, sus mujeres, su impecable código de vagabundo, sus old fashioned, y al propio Draper, encendiendo un cigarro en la inescapable noche de su alma.


(Contraluz publicada el 22 de mayo de 2015 en Contrapoder.)

No hay comentarios:

Publicar un comentario