Hay que ver la cantidad de horas que pierdo al
año viendo estúpidas películas de fantasmas, thrillers de miedo, largometrajes
paranormales, et al.
A propósito de eso, diré que no solo soy yo:
son muchos los espectadores que cucarachean en torno a un género y una
industria –la del terror cinematográfico– muy rampante, aún si tiene, como todo
en la vida, ciclos.
Todas esas películas conforman una tediosísima
colección de variantes de lo mismo. Realmente no importa si se trata de la
resabida flick de posesión (al estilo de Deliver
us from evil, de 2014) o de trama infernal (Nothing left to fear, 2013); los exánimes productos de la
paranormalidad (tipo The Quiet Ones, de
2014, o Insidious, de 2010); el
latigueado género de metraje encontrado (como The taking of Deborah Logan, de 2014, o Grave
encounters, de 2011); el lívido ejemplo zombie (pongamos un solo ejemplo: Chernobyl Diaries, de 2012); el trillado
asunto alien (Honeymoon, 2014); la
cosa reseca de los espíritus y fantasmas (100
feet, de 2008; Jessabelle, de 2014; Anabelle,
de 2014); la onda infinita de los lobos y vampiros (como la serie de Netflix Hemlock Grove); o la superficial comedia
de horror (pienso en The Cabin in the
Woods, de 2012).
Esta lista deslenguada podría seguir, pero para
qué. El punto es decir que el género del miedo –en sus innumerables ramas– es
hoy indetenible, y casi siempre decepcionante.
Tiene que ver esto con que las personas ya
están acostumbradas a recibir materiales chafas. Resulta que, en el género y
familia cinematográfica del miedo, el espectador ya espera algo parecidamente
malo. Se podría decir que la poca exigencia de las audiencias es de hecho la
ventaja de una industria jugosa a la cual no le interesa dar saltos
revolucionarios en contenido y forma (y cuando los da, los comodifica hasta la
náusea, como ocurrió con la solución del found
footage) sino más bien le interesa gastar muy poco en sus productos y ganar
un vergo con ellos. La baja calidad no espanta a los espectadores, y por tanto
ahora tenemos mucho miedo barato, sin mayor sustancia, y lo tenemos para rato.
Habrán excepciones, claro: no vamos a decir que
American Horror Story, o la comedia
oscura Tusk (2014), del director
Kevin Smith, o La dama de negro 2
(2015) son basura. Pero en términos globales hay que preguntarse cuántos de
esos filmes y productos son de verdad dignos del altar del cine, cuántos pueden
igualar en factura e impacto cultural a grandes clásicos como Nosferatu (1922), Dracula (1931), Psycho (1960),
Rosemary´s Baby (1968), El Exorcista (1973), Halloween (1978), Alien (1979), The Shining
(1980), The Fly (1986), The Blair Witch Project (1999), Mulholland Drive (2001), o Los otros (2001), por mencionar algunos.
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| Rosemary's baby (1968) |
(Contraluz publicada el 24 de abril de 2015 en
Contrapoder.)

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