1. El milperío de las películas es vasto
y variado. Como reseñista de cine me podría yo limitar a entresacar meros
filmes finos y sacerdotales, para gustos cinéfilos exquisitos, pero también está
la responsabilidad, me parece, de dar una opinión sobre lo popular y lo
genérico. Escribimos para distintos registros y audiencias, algunas muy
informadas, y otras con granos en la cara todavía en términos de gusto cinematográfico.
Eso explica por qué un día estamos viendo cine no particularmente comercial –algo
en la línea de The Zero Theorem (2013),
de Terry Gilliam– y otro día nos enfrascamos en Jupiter Ascending (2015), de los hermanos Wachowski, o dedicándole
tres horas a Interstellar (2014), que
es, al final del día, y con toda su ciencia, o pseudociencia, un flick de
Hollywood. Explica por qué un día estamos revisitando los 400 golpes de Truffaut, y otro día nos encontramos en medio de ese
culebrón británico llamado Downtown Abbey. Puede que cierta vez estemos epatados
por cierto oscuro cine japonés de los años setenta en la línea de El imperio de la pasión (1978), y luego poco
más tarde estemos riendo impunemente con un stand–up de John Caparulo o de
Madigan o de Ralphie May o de Iliza Shlesinger, o alguien nos sorprenda viendo
un remake de Annie (2014), al cual por supuesto no vamos a
inventarle epítetos laudatorios. En efecto, muchas veces el cine difícil nos
eleva y el cine popular nos asquea. Pero también paso lo contrario: que lo
popular nos resuelve el rato, mientras lo de autor nos aburre mortalmente. Otra
razón para reivindicar, en tanto que espectadores, la flexibilidad. Es el yoga
de ver cine.
2. Que le dieran un Oso de Plata a Ixcanul, película de Jayro Bustamente (ya
la reseñaremos en su momento), es un hito que de plano uno celebra, y eso sin
tonalidades plañideras de ninguna clase. Me explico: no faltan aquellos que,
cuando se da un acontecimiento de esta naturaleza, aprovechan para retomar la larga
perorata victimaria sobre cómo el arte no es apoyado por las audiencias, por el
estado, por los medios, por nadie. Y es cierto: en este país nadie te pela y te
pone atención hasta que te dan un premio. Y cuando te ponen atención es por dos
minutos, luego vuelven a olvidarte. Tal es el código. Tal es la ley. Pero en mi
forma de verlo, nada hay que esperar de las audiencias y del estado y de los
medios y de nadie. No sirve de nada, al menos en estas latitudes. De lo único
que podemos esperar algo es de la propia frustración, que va poniendo una
presión infinita sobre nuestros sueños artísticos de carbón. De ello nacerá un
diamante o no nacerá nada. Por otro lado, dejemos ya a un lado la mentalidad
desempoderante de mendigos, que nos prohíbe pensar fuera de la caja, para
conseguir recursos. Y dejemos de esquivar el hecho de que ser artista no es solo
ser artista sino además la capacidad de circunstanciar el propio arte, y eso
supone que nos volvamos empresarios, y maestros en autonomía o colaboración
independiente. Vamos a tener que hacerlo por las propias pistolas, como lo
hizo, hasta donde entiendo, el propio Bustamente.
(Contraluz publicada el 6 de marzo de
2015 en revista Contrapoder.)

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