Se vinieron los Oscar


Se vinieron los Oscar. Los Oscar no serán la solución solar al problema de la existencia condicionada y la negrura planetaria, pero en todo caso, nos salva la noche de domingo. ¿Hay superficialidad en los Oscar? Seguro. Que los insuperficiales se reúnan pues en sus criptoclubes cinematográficos político–artístico­–socialmente superiores.

Yo eso de los Oscar lo vivo como algo muy especial, en casa, con mucho de hartar para la ocasión, y siempre en privado, aunque este año, mi mujer y yo le hemos dado pase especial a una amiga, que además prometió un cheese cake para el postre.

Para mí eso de los Oscar es un asunto trascendental, empezando con la alfombra roja, esa calle de sortilegios o mandala cuya deidad tutelar es, año tras año, Ryan Seacrest (chaparro, poderoso y magnético, como un Tyrion Lannister). Toda la liviandad y todo el glamour caben y están presentes hieráticamente en la alfombra roja. Deliciosas figuras atezadas en mágicas camas de bronceado (acaso sean inmunes al cáncer); trajes, vestidos y joyas confeccionados en ámbitos élficos; palabras que son mantras retuitados un millón de veces. El glamour dévico, el poder de lo fílmico sobrenatural. Y eso es solo el principio: luego se viene la premiación propiamente como tal.  

He leído que esto de los Oscar empezó en 1929, en la madrugada de los tiempos, pues. Lo he leído en Sucedió en Hollywood, de Peter Hay, uno de mis libros favoritos para consultar sobre cine. Está repleto de historias del pasado y muchas informaciones, y es tan divertido, cómprelo el lector si puede. Me he ido a directamente al capítulo 21, correspondiente a los premios Oscar, con el objetivo de entrar en la atmósfera del ceremonial.
           
Muchas anécdotas, como aquella del streaker que salió por detrás de David Niven cuando se disponía a presentar a Liz Taylor, en la edición de 1973 (pero vean ustedes el clip en YouTube). Y bueno, por cosas como esta es que uno ama la premiación de los Oscar. Por cierto agrega Peter Hay que el exhibicionista murió asesinado en su sex shop de San Francisco.
           
La noche de los Oscar ha sido ya tantas noches, y nos ha regalado ya miles y miles de momentos espectaculares y ultraclásicos. En lo que a mí respecta, es una de las pocas cosas del mundo relativo que me siguen emocionando, que me dan así tanto placer. Encanta escuchar el discursal de los cineastas y actores (hay discursos que son puras pequeñas obras de arte), analizar los pequeños juegos de personalidad y poder, enterarse de las historias tras bastidores, contemplar a los mamíferos imperiales hollywoodenses, deleitarse con el talento y la calidad indiscutible del entretenimiento ofertado, pero por encima de todo lo que se aprecia de los Oscar es la celebración del cine como tal, el credo de que una película es algo valioso y algo sagrado.
           
Con pulgares oponibles y un mínimo de lóbulo frontal podemos comprender la importancia de esta institución cinematográfica.
           
Algunos repudian todo esto, repudian el aparato dinerario y el negocio, el tráfico de influencias, la política y el conciliabulum, la fama desproporcionada, la monstruosa mediatización (como la foto del selfie del año pasado), la cristalización de un tipo específico de cine y el modo de hacerlo. Y cómo no van a tener la razón. Pero también hay ahí un cierto esnobismo lateral, un contraesnobismo, que es esnobismo a su vez, y un reduccionismo y una mala onda y una cierta insinceridad. Conozco a un par de personas asociadas al cine que hablan mal de los Oscar, pero estoy seguro que irían a recibir un premio de estos si tan lejana posibilidad se les otorgase.
           
Los Oscar son oropel, pero no son solo oropel. Y además el oropel puede y no ser bueno. No todo lo que brilla es oro, está bien, pero por otro lado no todo lo que no es oro es mierda. Como lo verá por demás el que consultare las listas ganadoras de los Oscar a lo largo de su historia: ahí hay mucha realidad, mucha categoría cinematográfica. Y también mucha pluralidad y complejidad: imposible meterlo todo en una misma canasta.  
           
En general, podemos decir que los Oscar conjuntan muchas sensibilidades, desde lo clásico hasta lo insolente. Es  en verdad un evento muy integrado (al igual que el mundial de la FIFA, pero de eso ya hablaremos en otra parte).
           
Como ya dije, no viene a resolvernos el problema de las hambrunas y causas parecidas, aunque de hecho muchas personas que son premiadas en los Oscar están asociadas a estas causas. Por demás uno es de los que considera que la ceremonia y la pompa son dimensiones importantes de la vida, y esto incluye la vida fílmica.
           
No todo tiene que ser solemnidad, por supuesto, y no todo es solemnidad: me parece que en los Oscar también hay espacio para una energía a veces más irreverente, lo primero que se me ocurre es cuando Seth MacFarlane presentó la ceremonia. Los grandes disidentes –un Marlon Brando, un Woody Allen– siempre tienen, de algún modo, su lugar. En términos generales, en los Oscar siempre hay sitio para el espíritu independiente, y sería fácil demostrarlo, porque muchos proyectos premiados no han nacido en los hiperestudios, sino han surgido en condiciones nada hollywoodenses.
           
Claro que hay otra dimensión de la premiación que es muy legalista y formal. He visto la foto del luncheon de este año: es casi republicana, sospechosamente blanca a no dudarlo. Pero eso no siempre es así, y de todos modos es siempre modulado por una fuerte corriente de corrección política y apertura a la diferencia (y a la globalidad, como se ve en el énfasis a la categoría extranjera).
           
Es cierto que no siempre las selecciones propuestas para determinado año son las mejores. Por ejemplo, a mí me pareció que el cuerpo de películas presentado esta vez no ha sido el mejor (una nota de The Guardian incluso lo calificó como cobarde, lo cual es ya exagerado) en el sentido que en otros años nos ha tocado ver composiciones más paranormales, y que uno siempre espera ese estándar. Además que siempre se dan las omisiones de cajón (por ejemplo, muchos creyeron injusto, y yo con ellos, que Jennifer Aniston no recibiera en esta edición una oportunidad de competir en los Oscar, por su rol en Cake). Pero no podemos negar que se dieron en 2015 fuertes nominaciones (descuiden, no me pondré a hacer predicciones) y bastante variedad y, si uno revuelve la ropa de la paca, hasta cosas muy raras y periféricas (un ejemplo es Inherent Vice, de Paul Thomas Anderson, de 2014).
           
Para mí el cine es una cosa importante y significativa, y una de las pocas cosas que me mantienen unido a esta tierra, aún. Sin la música la vida sería un error, dijo Nietzsche. Sin el cine, agrego yo, una catástrofe. Los Oscar no serán la totalidad del cine como tal, pero simbolizan su majestad y sus posibilidades, y en ese sentido es que yo celebro esta noche, y la seguiré celebrando, hasta que me reclame la Parca.


(Contraluz publicada el 20 de febrero de 2015 en revista Contrapoder.)

No hay comentarios:

Publicar un comentario