Ya he reseñado en este espacio –al menos referido– varios de los materiales nominadas al Oscar. Continúo haciéndolo en
esta columna.
Puede uno divertirse encontrando en cada
edición de los Oscar una especie de coherencia de bloque entre las películas
nominadas, una suerte de armonía interfílmica, un espacio conceptual común.
Este año, nos damos cuenta lo mucho que la selección
fílmica ha entrado en el juego arquetípico del héroe y el antihéroe (o también:
de la autoridad y la antiautoridad, del mentor y el antimentor, del punto de
referencia y el antipunto de referencia). Esto es evidente en Birdman (2014), pero de hecho podemos verlo en el resto de la selección.
No tengo nada en contra de ello, siempre y
cuando el juego no sea demasiado 101, excesivamente embrionario, sobradamente programático.
Lo más emocionante es cuando los personajes no son blancos ni negros sino
adolecen, más bien, de brumas intermedias, claroscuros, fuera de las rigidices
maniqueas.
Admito que a veces es muy difícil matizar, y la
fórmula se da con mucha claridad porque no le queda de otra: los héroes son
héroes y los villanos son villanos. Es el caso de Selma (2014), sobre Martin Luther King. Es cierto que el director
quiso establecer la tensión de Martin Luther King con su esposa, ¿pero hasta
qué punto lo consiguió? Cuando se trata de un personaje como Martin Luther King
–un santo prácticamente– no queda sino inspirar y eso es muchas veces todo.
Hay héroes que no tienen tanta aura y nimbo
como Martin Luther King, pero desde su cotidianidad y su pequeñez son
completamente héroes. Así, en One day,
two nights (2014), el personaje de Marion Cotillard nos rinde a una mujer,
que a pesar de la depresión, lucha y mantiene su integridad en el arduo mundo
laboral belga.
A veces los villanos pasan por un rito de pasaje
hasta convertirse en héroes. Wild (2014)
es un ejemplo de ello. Esta historia (real) con guión de Nick Hornby se vuelca
sobre la marcha entre sublime y torturada de una chava en el Pacific Crest
Tail, un recorrido para hacer trekking en los Estados Unidos, a la vez que nos
va desovillando retrospectivamente, y por medio de imágenes vaporosas (que nos
recuerdan muy a lo lejos a Terrence Malick), recuerdos dolorosos de la infancia
y vida disipada del personaje.
También ocurre que los personajes son héroes
pero se llevan la suerte del villano. Como es el caso de The Imitation Game (2014). El protagonista salva –spoiler– millones
de vidas y termina suicidándose en medio de un anatema infausto, ya percibido
como invertido y pederasta, en ese período de la posguerra mundial en que la
moral antihomosexual, antiwildeana, estaba aún vigente en Inglaterra.
Otras veces el que parece héroe resulta ser un
paranoico desarreglado hijo de mil putas. Me refiero por supuesto a la película
Foxcatcher (2014), y a John du Pont,
a la forma en que –spoiler otra vez– mata al coach y medallista de lucha
grecorromana Dave Schultz. Notable trabajo actoral por cierto de Steve Carell. También
me refiero a Gone Girl (2014), en
donde una mujer que parecía una flor resulta ser una cruel, una milimétrica
estratega.
Lo que no se tolera, lo que no se aguanta, es
cuando el villano es retratado vilmente como un héroe. American Sniper (2014) es una pieza repugnante moralmente, así como
artísticamente monolítica. Un retroceso para Clint Eastwood. ¿Nominan esta
película de guerra y no Fury (2014),
con Brad Pitt, o alternativamente Unbroken (2014), de Angelina Jolie,
inclusive?
A veces no sabemos si el personaje es héroe o
es villano: en la estimulante Whiplash (2014)
nos encontramos con un maestro de jazz que bien puede ser el sádico fundamental
o el último inspirado, o ambas cosas. Termina la película y no le queda nada claro
a uno.
(Columna publicada el 6 de febrero de 2015 en
revista Contrapoder.)

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