Mejor riámonos


He estado viendo stand–ups en el Netflix, cuya oferta crece y va creciendo. Yo, que no me emborracho, me emborracho viendo los comediantes de Netflix.

Evidentemente, en el Netflix gringo, que a veces visito, el repertorio es más amplio y arborescente, pero de todas maneras encontramos stand–ups interesantes en el Netflix latino, y es a este último al cual me referiré, asumiendo que es el que más se mira en nuestro país.

Hay referencias clásicas, así por ejemplo un Richard Pryor  o un Eddie Murphy, ambos de gran nervio humorístico. Pero luego por supuesto hay muchas referencias actuales, que le hablan a nuestra cultura inmediata. No sé, un Aziz Ansari, un Kevin Hart, un Craig Ferguson, un Jeff Jefferies. Los hay macheteros, como Louis CK, o sensibles como Mike Birbiglia, o mutantes como Zach Galifianakis, o ácidos como Doug Stanhope, o increíbles y eléctricos como Bill Burr.

Estos son algunos de los nombres que Netflix ha producido o impulsado, retando seriamente a HBO.

El stand–up comedy como saben es comedia en vivo, comedia escénica, en forma de monólogos, aunque también hay modalidades dialogales en donde se incluye al público. Por lo general lo que vemos es un comediante y un micrófono, pero a veces el comediante utiliza recursos diversos para intensificar su monólogo, por ejemplo imagenes, el caso de Chelsea Handler en Uganda Be Kidding Me: Live.

El stand–up va por lo profanador y lo mordaz. La clase de comedia que nos pone en ridículo, y en vergüenza, y a todos muy incómodos. Lo que hace un buen stand–up es hacer sentir inadecuados a todos los miembros de la audiencia por igual. Y eso se vuelve un horno. Por eso digo yo que el juicio final será frente a un comediante stand–up.

Cuando estos monólogos son filmados se convierten en productos audiovisuales formales, de allí que dediquemos una columna de Contraluz a ellos. Por ejemplo el de Tom Papa (Live in New York) fue filmado por el mismísimo Rob Zombie. Si uno mira el stand up de Chelsea Peretti One of the Greats uno puede apreciar toda suerte de disgresiones fílmicas, casi surrealistas, perros en la audiencia, un payaso salido de la nada...

Algunas figuras del stand–up han emergido de los penumbrosos clubes de comedia y alcanzado estatus de rock stars. Llenan estadios por una hora de trabajo o poco más. Como Russell Peters, que en su show Notorious arrejuntó a casi catorce mil personas en Sydney. Pero algunos prefieren formatos pequeños, de hecho, como Marc Maron, en Thinky Pain.

Yo empecé a ver stand–up en casa de un amigo francés, de quien recuerdo las carcajadas sustanciales, especialemente cuando se había fumado un gran puro de cannabis. Ya bien elevados por la mota, y sin la intención de apearnos al mundo real, nos poníamos a ver a Eddie Murphy, que es el rey indiscutible del stand–up, como se ve en Delirious o Raw, humor arrabalero, infatigable, feroz, que no teme, y qué nivel.  

Claro, Eddie Murphy era de los ochenta. De mi generación propiamente era más bien Chris Rock, que es considerado un clásico, con su humor negro, veloz y navajeante. Es una tristeza que estos comediantes increíbles terminen haciendo películas tan estúpidas, a menudo.

En realidad, buenos comediantes stand–up los hay en todo el mundo. En América Latina, sobre todo se notan en México y Argentina. De España he visto mucho los que salen en el Club de Comedia, y algunos de ellos son de veras fabulosos. Conozco mal el stand–up de Guate, no puedo dar un juicio. Me dicen que de hecho existe, y ojalá. Mi impresión personal es que si existe está en pañales. Los pocos comediantes que he visto son una auténtica basura. Creo que todavía no sabemos construir narrativas, guiones comédicos solidos, no rebasamos la mera fase de contar chistes, no salimos de la fase Velorio. No que tenga nada contra Velorio, al contrario. A Velorio y Polo Polo (quien por cierto también está en la selección de Netflix) los escuchábamos mucho cuando eramos chavitos.
        
Para mí un comediante stand–up es un filósofo. Desmantela, desconfigura, decolonializa el mundo, tan amarillo. Le mantiene a uno afilado, no solo con el humor sardónico, pero también con los insights especulares que va rindiendo.

¿Cómo se consigue el efecto comédico? Hay muchas formas, y estoy seguro que el lector que lea La Risa de Bergson entenderá varias de ellas. Yo me limito aquí a decir que no se puede hacer stand–up siendo políticamente correcto. En términos generales, un buen monólogo está basado en la caricaturización, la cristalización y exageración de los rasgos y los estereotipos, en áreas de criterio picudos como lo son el sexo, la raza o la política. Los buenos monologuistas no temen ridiculizar y autoridiculizarse.

Por otro lado, y como me lo apuntaba un amigo la otra vez, no se puede hacer stand up y ser completamente deprecatorio (o se termina como Michael Richards –Kramer en Seinfeld– que perdió buena parte de su carrera en un club de comedia largando comentarios repugnantemente racistas). Entonces la cosa es, más bien, un vaivén, un ir y venir, entre la sensatez social y la agresión misantrópica.  

Ahora que empieza un año electoral, un año de heces electorales, de aguas servidas electorales, la invitación es a no perder la liviandad y el humor, y a lo mejor en ello puede ayudarnos un buen stand–up.


(Contraluz publicada el 9 de enero de 2015 en revista Contrapoder.) 

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