Muchos piensan de él lo mejor, muchos lo
más infecto. Muerto ya, no nos damos abasto con la cantidad de comentarios y
balances de su legado. Me uno a este coro incalculable, a sabiendas que se
podría escribir un gordo libro –y seguramente muchos gordos libros se han
escrito– respecto a su vida y su obra.
Roberto Gómez Bolaños es quizá el ícono
total de la televisión mexicana y latinoamericana. Sus series de comedia (en
donde fungió versátilmente como guionista, actor, productor, etcétera) son
depositarias de un afecto sin precedentes. Ni siquiera el gran Cantinflas tuvo
esa clase de lealtad. Nunca vamos a olvidar los personajes legos que nos dejó
(¿hace falta mencionarlos?) y eso porque son inolvidables pero también porque
nunca tendremos la oportunidad de olvidarlos: siguen y seguirán corriendo en la
tele, como en una especie de cielo–infierno serial eterno e indestructible, con
capítulos que parecen ser prolíficamente infinitos pero que a la vez son
siempre, como en una plantilla platónica, el mismo.
Había en Gómez Bolaños una vocación
expresiva innegable, y aparte de eso el olfato y el talento para circunstanciar
su obra, convertir la imagen en capital, el capital en imagen. Televisión
corriente, para la gente sencilla, pero incluso la gente complicada la adoraba.
Individuos (son muchos) que hablan con tono pontificio de la técnica cut–up en
Burroughs o que se pasan la tarde comentando a Žižek han sido sorprendidos alguna vez
oscilando de la risa viendo al Chapulín. No quiere decir que no hayan críticos
o esnobs (o críticos esnobs) haciendo lo imposible por reducir a Gómez Bolaños a
un gusano.
No están completamente equivocados. Se
menciona por ejemplo mucho eso de que RGB fungió al servicio de los peores
intereses sociales y corporativos. No rebatiré estos argumentos, porque estoy básicamente
de acuerdo con ellos. Pero también diré que Gómez Bolaños nos dejó una muy buena
mala televisión y un muy barato rico entretenimiento (especialmente es
relevante su obra de los setenta, como apuntaba alguien el otro día en Letras
Libres). Más que nada nos dejó una identidad, que por supuesto funciona en el
Tercer Mundo porque es una identidad lazarilla hecha para lazarillas audiencias.
Es la clase de identidad universal que es aplicable lo mismo en el Distrito Federal
que en Guatemala que en Madrás que en ciertos barrios putrefactos de las Españas
o Nuevayol. Sin dejar de resaltar el carácter alienante de su obra, necesitamos
ver que además hay una cualidad–espejo en ella, algo que la hace perfectamente
reflexiva, real.
Gómez Bolaños le dio risas a la gente, lo
cual nunca es poca cosa, pero además le ofreció algo semejante a la
autointuición. Lo que para muchos no es otra cosa que una sarta de lugares
comunes, empobrecedoras caricaturas, repetitivos estereotipos, puede ser visto
también como un poderoso remedio contra cierta orfandad que consiste en no
poder vernos por lo que somos: pobres y sisíficas criaturas perdidas en un
mismo barril sin fondo.
(Contraluz publicada el 19 de diciembre de 2014 en revista Contrapoder.)

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