Salvar el mundo

Vi dos: Noé (2014), de Darren Aronofsky; y Transcendence (2014), de Wally Pfister.   

Ambas exploran peliculescamente dos formas clásicas de redención: religión y ciencia. No voy a hacer una reseña de los filmes como tal, sino simplemente voy a usarlos de pretexto para hablar de dos soteriologías o narrativas transformacionales. Me limito a decir que, en términos generales, Noé me pareció suficientemente bella, pero no es lo mejor de Arnofosky. Y luego Transcendence me resultó de plano echada a perder; hay demasiadas cosas que no funcionan allí; mejor la hubieran convertido en serie de televisión. Como filme sobre las posibilidades fantásticas de la tecnología, me ha parecido mucho más intrigante Her, de Spike Jonze, de la cual ya hablamos, si mal no recuerdo, en este espacio.

Noé –con Russel Crowe, Jennifer Connely, Emma Watson, Anthony Hopkins– es una versión libre del relato de la Biblia, con lo cual su estrategia salvífica es mítico–religiosa (aunque hay un matiz evolucionario incluido). Digo que es una versión libre porque se curva en ciertos puntos esenciales de la historia recibida (aunque sin llegar a la plena apostasía, como en La Última Tentación de Cristo).   

Aquí es donde nos encontramos con la insencilla labor de capturar los mensajes del cielo y darles forma y destino en el seno de una consciencia humana. Noé, varón dogmático, servidor, delirantemente patriarcal, es el responsable de administrar el desmantelamiento y exterminio de ese proyecto empresarial llamada Tierra por parte de ese CEO llamado Dios por medio de ese elemento llamado agua (en puta). ¿Cómo hará Noé para no caer en formas maniqueas, rústicas, pero tampoco azogadas y temblorosas, de interpretación de la voluntad divina?



De su lado, Trascendence –con Johnny Depp, Rebecca Hall, Paul Bettany y Morgan Freeman– opta por explorar el hosanna de la salvación cientifico–poshumanista. Aquí los mensajes a capturar no son de los cielos: son los gritos desesperados de la tierra, pues ya está visto que la tierra es un sumidero angustiado y tóxico. Se trata en este sentido de intervenir la materia y llevarla a nuevas y más sostenibles formas de complejidad, de elevar el capital tecnológico, nanotecnológico, de instrumentalizar la inteligencia artificial a gran escala, de utilizar los campos informacionales de internet para impactar el orden biológico. También se trata de expandir la consciencia por medio de hardwares extremadamente visionarios y competentes. Por supuesto, el riesgo tradicional es el de convertirnos en prometeos modernos–posmodernos.



Tanto Noé como Transcendence tienen eso en común: que ambas películas fueron matizadas por un cierto enfoque existencial. Como humanos, estamos constantemente siendo desgarrados por la tensión entre el cielo y la tierra, y ello, aunque se traduzca en un sufrimiento muy rico en tonalidades y matices, es una posición a veces imposible de gestionar.

Acaso nuestra responsabilidad sea consumar, no el divorcio, sino el matrimonio entre lo terrenal y lo divino, materia y consciencia. Solo entonces hallaremos esa armonía profunda que hemos venido buscando. Se trata de crear composiciones, diseños que ayuden a elevar la intención evolucionaria, pero esos diseños deberán ser a la vez naturales, por lo cual siempre tomarán en cuenta la voluntad del contexto creador. Hablaremos en este caso de un paradigma de co–creación, seguramente el único que nos permitirá salvarnos y al mundo con sus hermosos seres.


(Columna publicada el 8 de agosto de 2014 en Contrapoder.)

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