En una gasolinera de esta urgente ciudad, allí compro mis
películas piratas. Pronto mi pusher de pelis, tan sonriente como un santo, está
a un lado de la ventana del carro. Por llamarle de un modo le llamaré
Franklin.
Y el Franklin me pasa un rimero de devedés, que procedo a
ponderar.
El oleaje de vehículos es tan inquebrantable como la avenida misma.
¿Cuál película? ¿Será Tierra del mal (2014),
con Matt Dillon / William Dafoe / Tom Berenger? En una entrevista en la tele
escuché a uno de estos actores hablar sobre el filme; creo recordar que ocurre
en el sur profundo –Lousiana o algo así– y tiene que ver con una recia estructura
criminal.
Oscilo hacia Lazos de sangre
(Blood Ties en inglés, 2013), con Clive Owen, Marion Cotillard, Billy
Crudup. En el celular, consulto la ficha del filme: también sobre una recia estructura
criminal, esta vez en Brooklyn.
Por cierto: me topo, en la pila, con un filme que se llama The Angriest Man in Brooklyn (2014). Robin
Williams y Mila Kunis. Millones de pelitos–antenitas en mi aparato intuitivo me
gritan que este material me va a dar una hueva ilimitada. Un poco lo mismo
ocurre con Barefoot (2014, Rachel
Wood y Scott Speedman). Una fresada que me arrastrará a las profundidades de la
superficialidad más cruel–barata. Agarro mejor la cinta llamada Los límites de la verdad (2013), con el
sebáceo, pero más o menos confiable, Nick Nolte.
Un señor del tamaño de una ballena se cae estrepitosamente en la
acera de enfrente. Su caída es un clip digno de Ridiculousness. Ni a Franklin ni a mí nos cabe tanta risa. Sigo
recorriendo la reserva de devedés.
En el montón de pelis también me aparece Mandela (2013), que no he visto
todavía. A unos seis meses de la muerte del gran líder surafricano, no es del
todo una mala idea echarle un vistazo. Primero que nada la inspiración.
Otra película que surge por allí es The railway man (2013) (Un
largo viaje). Colin Firth, Nicole Kidman. Este filme no lo compraré, por la
sencilla razón que ya lo vi. Narrativa de esas sacadas de la vida real, sobre
tortura y reconciliación, una materia sobre la cual los guatemaltecos nada
sabemos.
Entre los devedés que Franklin comercia por supuesto hay algunos
muy testosterónicos, tipo 300 (Rise of an Empire) o Robocop (versión de 2014). Que no me importaría ver porque cuando era chavito me gustaba mucho
Robocop. Soy perfectamente capaz de disfrutar una película de muchos y
convergentes plomazos. La otra vez vi por cierto una en la tele con el Mel
Gibson que se llamaba Get The Gringo (2012).
Totalmente entretenida.
De igual manera también soy capaz de ver comedias sin mayor y a
veces sin ninguna sustancia. Por tanto separo de los demás devedés A Million Ways To Die In The West
(2014), del querido, tan mordaz Seth MacFarlane, a quien todos admiramos por
sus series animadas (Family Guy, American
Dad, The Cleveland Show). Por cierto, han de saber que Seth MacFarlane es
uno de los productores principales de la recientemente regenerada y espléndida
serie Cosmos, biblia de todos mis ateos
amigos.
Así voy apartando películas, pero resulta que son demasiadas, no
me alcanza el billete para llevarlas todas. Pero Franklin, como siempre, me oferta
un descuento, porque es un varón con principios y vida interior. Los carros
siguen pasando, en su travelling
indiferente, en la urgente ciudad.
(Columna publicada el 25 de julio de 2014 en Contrapoder.)

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