Migraciones (II)

En la Contraluz anterior reseñamos varias películas que tenían todas que ver con el fenómeno de la migración, en una forma u otra. Seguimos con el tema; esta vez el filme escogido es la mexicana La Jaula de Oro (2013), del director Diego Quemada–Díez, quien también escribiera el guión.  

La Jaula de Oro fue, junto a Heli, de Amat Escalante, la punta de lanza del cine mexicano en los Cannes del año pasado. En términos generales me gustó más Heli que La Jaula de Oro, porque tiene esquinas más mutantes, menos previsibles, más autorales, pero hay que decir que La Jaula de Oro es una película con mucho sustrato. Es por eso que la reseño aquí, y porque representa una realidad que nos es muy cercana a los guatemaltecos, la del migrante.

Publiqué el 3 de junio este post en facebook: «Vimos La Jaula de Oro. Oscura–hermosa. Lazarillismo inférnico sobre rieles y hacia los desiertos de la incertidumbre y el grado cero laboral. Lo criminal sería no verla».

Después de una primera emoción, revisito esta película, con la cabeza más fría. Si no la han visto baste decir que es una que narra la historia de unos chavos marginales que emprenden el viaje demencial y polvoriento, en “La Bestia”, a los Estados Unidos (son guatemaltecos, pronto se les anexa un indio tzotzil mexicano).

La trama empieza en el basurero de la zona 3 de Guatemala y termina en una fría ciudad americana. No es una trama tremendamente original –no se distingue en muchos aspectos de otros materiales culturales sobre el viaje del migrante– pero funcionó bien con las audiencias y con cierta crítica. A lo mejor se deba a que el guión, sin ser una arquitectura digna de estudio en las escuelas de cine, da los giros dramáticos necesarios. En lo personal le hubiera puesto más humor, y más western (¿debería decir northern?).

Los actores principales de la película (que no lo eran, antes de estar en ella) nos dan papeles sin fósforo extraordinario, pero en realidad correctos y apropiados para la historia que se cuenta. Todos salieron, según comprendo, de un proceso muy empeñado de casting. Allí está el guatemalteco Brandon López, que hace de Juan, y ganó como mejor actor masculino en los Premios Ariel (pueden googlear sus palabras de agradecimiento).  Luego esta Karen Martínez, salida de Ciudad Quetzal, representando a Sara. Carlos Chajon, también local, es Samuel. Y el Chiapaneco Rodolfo Domínguez hace de Chauk, un indio que, como alguien anotó por algún lado, cumple de bon sauvage. Mi percepción es que debieron hacerlo más trickster, hubiera funcionado mejor.

El ensamble actoral de La Jaula de Oro se llevó el premio Un certain talent 2013, del festival de Cannes, no poca cosa. Es solo uno de muchos premios vinculados a la ópera prima de Quemada–Díez (Gillo Pontecorvo, Festival de Morelia, Goya, Ariel, Jean Renoir, la lista sigue).

Diríamos que La Jaula de Oro es una película sencilla de guión, pero llevarlo al filme no pudo ser sencillo, porque incluyó dos y tres países –Guatemala, México, EU– y porque los suyos eran settings muy especiales (en cuenta el llamado tren de la muerte). Todas las ambientaciones, los personajes, las situaciones tienen ese toque áspero de la realidad. Es una película sobre fronteras que es fronteriza ella misma: entre la ficción y el documental. Quizá el director debió enfatizar incluso más esta borrosidad entre los géneros, para dar una especie de no man´s land fílmico, más arreferencial y más desértico. Pero a lo mejor se hubiera perdido el destino social del producto.

La película guarda un compromiso auténtico con esa picaresca renegrida que es la vida del migrante, por tanto la recomendamos en este espacio. Aunque La Jaula de Oro lleva un título que no nos ha gustado del todo –porque es un título que más convendría a una obra que tratase sobre la vida ya propiamente en los Estados Unidos– de todos modos sí vehicula algo esencial de la trama: que el sueño americano es una ilusión tramposa, que el sueño americano es, más bien, una pesadilla latinoamericana, que el sueño americano es un auténtico viaje al final de la noche, por copiar a Céline.

Viajar es perder. Los héroes migrantes son héroes traicionados. Los traiciona la motivación, los traiciona el recorrido, y los traiciona el destino: los parte a la mitad como una cuchillo ferroviario. Y todos te quieren pisar: las autoridades, los otros migrantes, las submafias carroñeras... No que no haya conexión, no que no haya solidaridad, no que no haya diversión, pero de todo eso no quedará absolutamente nada, al final... Tantas historias olvidadas: óxido de los desiertos.


(Columna publicada el 27 de junio de 2014 en Contrapoder.)

No hay comentarios:

Publicar un comentario