Vi la película sobre Steve Jobs, llamada, netamente, Jobs, y que salió al Mercado en 2013 (cerrando el Sundance de este año).
No cualquiera se mete a
hacer un biopic de este genio contemporáneo.
Para empezar por lo reciente
de su muerte: el cuerpo exánime del retratado estaba –y está– aún muy caliente,
y en cierto modo su presencia sigue acompañándonos, cual fantasma, botando
cosas, abriendo ventanas, sin nuestro formal permiso, y eso siempre da miedito.
Sí: todavía esos ojos jobsianos
nos están escrutando con desdén ectoplásmico desde detrás de sus anteojos
circulares.
No hay nada que hiciera este hombre que no nos
esté tocando en este exacto momento: estamos por completo envueltos en su visión
y en su aura extracorpórea.
Otra razón por la cual hacer
un biopic de Jobs puede ser difícil es porque la historia de Jobs es la
historia de un hombre que es la historia de una cultura que es la historia de… bueno,
de la historia misma.
¿Cómo ensamblar todo eso en un
solo relato esclarecedor, y salir bien parado?
¿Lo consigue la película Jobs?
No.
Lo que no quiere decir que
no haya que verla. Después de todo, algo nos dice de la visión tecnológica de
Jobs y de cómo la fue aterrizando. Algo nos dice de su viaje heroico y modo en
que supo unir la ingeniería informática más mutante con una intuición entrepreneurial
superdotada. Algo también nos dice de su universo de relaciones –amigos,
familia, socios, rivales laborales– y de cómo estas relaciones impactaron su
vida y obra. Y claro algo nos dice de esos entresijos entre sórdidos y milagrosos
del mundo corporativo del cual formaba parte, y en particular de la sinergia
parasitaria Jobs/Apple (rota esta sinergia, debido a la muerte del mismo Jobs,
aún no queda tremendamente claro que pasará con la compañía en adelante).
Por demás, Ashton Kutcher
–que además de actor en el filme, también es productor– hizo un trabajo de
representación que podríamos calificar de correcto.
Sobre todo, hay una reduplicación
verosímil de las coordenadas relevantes y evidentes en la vida de Jobs (a veces
demasiados evidentes, demasiado por todos conocidas: llamémosle Jobsviedades).
La película avanza desde los años en que Steve Jobs se
convirtiera en dropout universitario hasta el momento en que recuperó el
control de Apple y justo antes que sacara
el IPod (cáncer pancreático no incluido).
Allí está el LSD
aperturador, la meditación oriental, el garaje en donde empezó todo, los padres
geeks fundadores de Apple, el primer inversionista (Mike Markkula), el
subsecuente crecimiento de la compañía, y luego los problemas, por ejemplo, el desplazo
humillante y renuncia forzada que tuvo que sufrir Jobs en su propia compañía, vía
John Sculley (actuado por Matthew Modine). Alguien puede alegar que por qué la película no se
extendió un poco más en la biografía, pero a mí en cambio el corte me pareció
elegante.
¿Qué faltaron cosas
significativas? Sí. Nos hubiera gustado más de NeXT, más de Pixar. Pero aún con
estas desproporcionadas omisiones, la rendición biográfica no es tampoco
horrorosa.
El problema más bien está en que la
película no sale de la imagen confortable y
clausurada que tenemos de Jobs.
Todo lo contrario a The social network, de Fincher, que fue
menos segura, biográficamente hablando, menos verídica quizá, pero más oscura,
y por tanto más interesante. Yo comprendí muy pronto que la película de Fincher
era un retrato algo impostado de Zuckerberg, pero al menos fascinante, más
artístico, y que hechizaba.
Esta biografía fílmica de
Jobs, siendo más deferente y convencional, no epata. Y aún siendo tan segura, ha
sido criticada de inválida, por ejemplo por el co–fundador de Apple, Steve
Wozniak. Como sea, no está de más verla.
En fin, nuevas películas
sobre Jobs vendrán –vienen– en camino, y nos darán otras dimensiones de este
genio que hizo de lo emergente lo dominante, trajo a nuestro presente su futuro, y que
muerto nos sigue dando más que todos esos que estando vivos más bien nos
quitan.
(Columna publicada el 11 de
octubre de 2013.)

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