Sea cual sea el universo a crear, Alejandro
Jodorowsky lo crea, con precisión y libertad creativas que sobrepasan el marco
de lo ordinario.
Inclusive aquello que no consigue realizar
termina siendo un fértil aborto. Pensemos en el filme Dune, un proyecto fallido que acabó abriendo nuevas vetas creativas
para él (notablemente la novela gráfica El
Incal, colaboración con Moebius). Por cierto que en 2013 se estrenó el
documental llamado Jodorowsky´s Dune.
Este señor –de unos ochenta y cinco, pelo
blanquecino, un huevo pintado de rojo– lo ha cristalizado todo. Cabrero loco que
ha pastoreado un cuerpo de proyectos gigantesco, prolífico y monumental. Gigantesco,
prolífico, monumental, mugiente, prismático. Bastaría observar de cerca su cómics,
mayores y legendarios, o sus libros, diamantes, sus performances enérgicos, su
espléndida actividad tuitera, contemplar su constante ocupación terapéutico–espiritual.
Yo lo pondría, a Jodorowsky, entre los veinte maestros espirituales vivos más
importantes del planeta, tal es su amplitud y su empuje.
Esta espiritualidad suya –sabiduría loca
sin duda, sabiduría freak– ha impregnado epitelialmente su obra artística en
general, por caso su cinematografía. Cine pues para sanar. Cine pues de culto
para sanar. Estamos hablando de heavy weights como Fando & Lis o El Topo o La Montaña Sagrada o o
Santa Sangre.
Y ahora La Danza de la Realidad (2013).
Es la adaptación del libro homónimo que
Jodorowsky mismo publicara (y yo mismo leyera, tres veces) con destacado éxito
editorial. Tratase de una autobiografía. La película viene a ser una adaptación
libre de la misma (¿y cómo iba a ser de otra manera?) y por tanto hay una
enorme digresión argumental. Pero luego también hay mucho del libro nativo. El
pueblo de Tocopilla que esperábamos; el padre incálido y dictorial; los
encuentros y sincronicidades conferidos y mágicos.
Por supuesto, la autobiografía escrita no
se limita nomás a la infancia de Alejandro –la película sí– sino que sigue a lo
largo de su vida hasta su madurez. Hubiera sido increíble que la etapa adulta también
fuera parte del filme, por caso toda esa onda de la psicomagia. Lo que no
impide que la lica sea en sí misma un rotundo acto psicomágico. Y luego también
algo tendrá de psicogenealógica, pues en ella aparecen, si no me confundo, tres
de los hijos de Jodorowsky, en cuenta Brontis, que funge como el estaliniano y
neurótico Jaime.
El enfoque sigue siendo surrealista. Y
es que gracias a Jodorowsky aprendimos que el surrealismo no es cosa que muere.
Y está presente, ambienta, atmosferiza todos sus trabajos fílmicos hasta la
fecha. La Danza de la Realidad también
participa en esta insanidad delirante, simultáneamente pútrida, tiernísima y
sacramental.
Dato: Jodorowsky no había hecho una
película en más de dos décadas. Es el precio que un director paga por no mamársela
a los potentados de Hollywood. Pero la espera bien valió la pena. Tampoco diré
que es la mejor película de Jodorowsky (mentiroso sería decir que no presenta momentos
tediosos y alguna cursilería) pero allí están igual los cristales, las profundas
revelaciones. Jodorowsky sigue siendo –a pesar de su
creciente y tal vez insoportable popularidad– un director tanto marginal como imprescindible.
(Columna publicada el 17 de octubre de 2014.)

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