Por supuesto, hay una tremenda pulsión cinematográfica que consiste en descifrar las relaciones humanas, por todo eso que traen consigo de complejidad, de belleza, de dolor.
En ello pensaba el otro día, mientras veía A Home at the End of the World (2004), una película de tonalidad indie que describe una triangulación
relacional –sexual, emocionalmente– extraña, que oscila entre el amor y la
disgregación.
La película quedó inspirada en un libro de Michael Cunningham, el
mismo autor quien ganara un Pulitzer por The
Hours, también convertido en filme (2002).
Si los actores elegidos para empujar la trama son los correctos,
entonces el resultado puede ser el justo. En este caso los actores seleccionados
fueron un Colin Farrell (que da un personaje áureo y logradamente suave),
Dallas Roberts, la siempre magnífica Robin Wright Penn.
No hacen falta mil personajes. Con unos pocos se puede crear una
situación cinematográfica ya intrigante. Y resulta mejor además cuando ponemos
a estos personajes además en un espacio estrecho, incluso claustrofóbico, a
puerta cerrada, digámoslo así, por recordar a Sartre.
Polanski es tremendo para ello. Piénsese en Cul–de–sac (1966), o más recientemente, en su angustiada Carnage (2011), que tiene la tensión, la
tirantez de una obra de teatro. Los actores aquí son Christoph Waltz, Kate
Winslet, John C. Reilly, y Jodie Foster. O sea calculen.
Hace poco vi una película en esa dirección, llamada Between us (2012), que revela la
hipocresía y las malas y acerbas pasiones que anidan en el matrimonio y la
amistad, en este caso la amistad, o pseudoamistad, entre dos parejas. Son
cuatro actores nomás (entre ellos Julia Stiles) pero hay fuerte cinética
dialogante entre ellos, y también la trama posee esa misma tensión teatral que
ya mencionamos en el párrafo anterior, en este caso porque la película fue, de
hecho, adaptada de una obra de teatro.
Un filme que vi la semana pasada, y que también tiene las
características que he venido describiendo (claustrofobia, intensidad venérea entre
los personajes) es Magic Magic
(2013). La película fue dirigida por el chileno Sebastián Silva (1979).
Me gustó todo. El setting, ubicado en un sur profundo, rural,
aislado de Chile. Los actores: una mentalmente frágil Juno Temple, un afeminado
Michael Cera, una efectiva Emily Browning, la actriz colombiana Catalina
Sandino, y Agustín Silva, hermano del director. Me gustó la trama y cómo se va
pesadillando todo. Me gustó la deliberada ambigüedad de la película: no es
nomás que la chica es esquizoide, que ha tomado muchas pastillas, que está en
un mundo extraño y hostil, que hay algo fuera de lo normal ocurriendo: es todo
eso junto y disuelto en una misma niebla. Cuando se mezclan ciertas circunstancias,
el karma puede degenerar muy, muy rápido.
De Chile por cierto hemos visto películas meritorias, se piensa
por ejemplo en El año del tigre (2012), de Sebastián Lelo, que Julio Hernández
nos trajo en la primera edición de su festival de cine MUCA.
(Columna publicada el 13 de septiembre de 2013.)

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